La insoportable fealdad de los Mogotes. Por Zoé Valdés

Cuando yo vivía en Cagonia tenía una obsesión tan provinciana con la belleza de los Mogotes y el color esmeralda de las playas… Toda esa mojonancia cerebral y ese chovinismo platanero se me quitó cuando viajé a las colinas y montañas de Japón y me bañé en las playas de la isla de Loyalty, en Nueva Caledonia, a las tres de la madrugada cada noche, viendo y oyendo desovar a las tortugas gigantes, y en las mañanas nadaba escoltada por delfines y rodeada de hipocampos o caballitos de mar.

Cagonia definitivamente se ha convertido en la isla más horripilante del planeta y sus adyacentes. La Sierra Maestra es la montaña más ridícula que ojos humanos vieron -politizada por demás, es el único país que ha politizado hasta a sus paisajes-, los Mogotes no pasan de ser tres escupitajos de yerbazales apurruñados en el paisaje a la buena de Perico, que no de Dios, y en las playas ya no quedan tortugas, por no quedar, no quedan ni tiburones; se comieron a las primeras, y los segundos salieron huyendo en balsa aterrorizados.

Bah.

Zoé Valdés.

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