Se acercan los días de Navidad y Año Nuevo. Por Ernesto Díaz Rodríguez

SE ACERCAN LOS DÍAS DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO

Se acercan los días de Navidad y Año Nuevo. Días que pudieran ser de fiesta en nuestros corazones, pero la nostalgia que impone la distancia de esa Cuba nuestra clavada en la cruz; nuestras añoranzas al recordar las calles por donde un día felices transitamos; el sufrimiento de los que han quedado atrás, atrapados en las redes de odio y de maldad del sistema opresor, se anudan todas nuestras ilusiones y nos deja sin ánimos para festejar. Sin embargo, a pesar de la inevitable noche sin estrellas que pudiera antojársenos bajo un cielo prestado, no podemos dejar de sacudirnos esa amargura estéril y empinarnos por encima de toda agonía, todo dolor emocional y continuar por el camino de nuestras tradiciones, porque la Navidad es acontecimiento histórico de paz y de alegría, marcado por el nacimiento del niño Jesús.

Es bueno vivir con la certeza de que nuestra Cuba, esa isla de ensueños donde el sol y la brisa acarician nuestro andar en la mañana; donde en el horizonte se entretejen las olas azules y el verde susurro de las palmas algún día, más temprano que tarde, romperá sus cadenas y habrá dicha y armonía entre todos los cubanos. Será ese el renacer de la fe y de la esperanza del pueblo cubano. Será el alba redentora de una libertad sin manchas y sin las mezquinas ambiciones de ostentar un poder ilimitado, sustentado en el terror gubernamental, en el crimen y la desvergüenza, como ha ocurrido en nuestro desdichado país ya por casi 60 años.

La inmensa mayoría de nosotros, verdaderos exiliados cubanos que llegamos a esta gran nación con las manos vacías hace ya muchos, muchos años, hemos tenido la oportunidad de prosperar y, lo que probablemente es tan importante como la estabilidad económica de cada individuo o familia, de reafirmar nuestras creencias en los valores de una auténtica democracia. Luchamos sin contemplaciones por el derrocamiento de la tiranía, porque el totalitarismo degrada la condición del hombre, lo obliga a ejercer una doble moralidad y exprime su autoestima hasta convertirlo en Siervo, sometiéndolo a la más degradante servidumbre, que es la auto castración de sus derechos y de los valores que conforman su personalidad. Sí, aquí llegamos desnudos de riquezas, pero con la conciencia limpia y sin remordimientos en el alma.

Al hacer un recuento volviendo la vista hacia el pasado, nos damos cuenta que muchos fuimos los que arribamos a esta tierra bendecida por Dios con la irrevocable decisión de continuar la lucha por la libertad de nuestra Patria. Lamentablemente, no todos hemos sido capaces de cumplir a cabalidad con los compromisos de mantenernos firmes en el combate de cada día por romper las cadenas que anudan a nuestro pueblo a la más espantosa miseria y a la infelicidad, bajo esa larga noche carcelaria impuesta con saña y cobardía a la indefensa población. No, no todos hemos dicho presente al llamado de la Patria. Quizás falten razones. Pero debemos entender que no todos poseemos la voluntad para el sacrificio, ni para asumir riesgos que impliquen un alto precio a pagar. Porque ninguna adversidad puede ser suficiente motivación para que nos neguemos a ejercer la bondad contra quienes no alcancen a satisfacer las obligaciones que demanda la historia si se aspira a ser libre, no vamos a dejar de comprenderlos y aceptar sus decisiones, por más que éstas difieran de nuestro ideario de lucha sin dar tregua, dentro de nuestras posibilidades.

Nos trajo aquí el destino, tal vez para la consagración de una vida apacible y de amplias oportunidades, gracias a la generosidad de los Estados Unidos de América, nación próspera y democrática, donde fundamos un hogar, y aquí nacieron y crecieron nuestros hijos, disfrutando de los derechos que han de correspondernos en nuestra condición de hombres libres, de seres humanos. Y hemos sido testigos del progreso cuando la creatividad y las buenas iniciativas pueden abrirse paso y triunfar sin necesidad de saltar murallas de sometimiento político, ni de hipocresía indecorosa. Hoy, aunque nos sintamos abandonados y decepcionados por la ausencia de solidaridad con nuestra lucha por parte de quienes dirigen los destinos de este país, es buena la ocasión para dar gracias y reconocer la valiosa hospitalidad con que hemos sido honradas numerosas familias de cubanos.

Pienso que ha sido ésta una forma de compensar nuestros valores, el reconocimiento a quienes nos negamos a hincarnos de rodillas, a mendigar migajas de libertad. Suman muchos también los que no quisieron o no tuvieron la oportunidad de escapar, y allí están, dentro de Cuba, dando una meritoria batalla por la libertad. Hay que reconocerles su valor, la integridad de su dignidad en contraste con los que claudican. Se me antoja pensar que la sumisión al adversario que te obliga a la servidumbre es como una llaga gangrenada, no en la carne doliente de tu cuerpo sino en las alas de tu conciencia, en el interior de tus pupilas y hace tenue la fragua de tu corazón.

También en los Estados Unidos vivieron una larga etapa de sus vidas mi hermano mayor, mi madre y mi padre, quienes luego de un largo tránsito por las blancas arenas del exilio cerraron sus ojos para siempre y volaron sus almas hacia el infinito, sin haber tenido la dicha de volverse a encontrar con sus seres queridos, anclados sobre el arrecife de la Isla cautiva. Es orgullo para mí saber que fueron fieles a mis pensamientos, que es el mismo de José Martí cuando proclamó: “Nos trajo aquí la guerra y aquí nos mantiene el aborrecimiento a la tiranía, tan arraigado en nosotros, tan esencial a nuestra naturaleza, que no podríamos arrancárnoslo sino con la carne viva…” “¿A qué hemos de ir allá cuando no es posible vivir con decoro ni parece aún llegada la hora de volver a morir?” Y señaló con amargura: “¿Ver a un pueblo entero, a nuestro pueblo en quien el juicio llega hoy a donde llegó ayer el valor, deshonrarse con la cobardía o el disimulo? Puñal es poco para decir lo que eso duele. ¡Ir, a tanta vergüenza! Otros pueden: ¡¡Nosotros no podemos!!

Es preciso que pensemos en Martí, nuestro Apóstol de la Independencia, que hagamos una seria reflexión sobre sus inquietudes y la enseñanza que quiso transmitirnos con sus sabios mensajes, no sólo a los desterrados de su tiempo, como él, sino también a las generaciones futuras de cubanos. Sean fuertes de espíritu. No dejen que se pierdan sus valores a causa de inoportunas tentaciones. Nuestra Cuba será libre, que nadie lo dude. Libre como la rosa de los vientos, como las trémulas gaviotas que a su antojo remontan el vuelo y entretejen con sus alas con la brisa marina sobre las olas del mar. Libre como el tremolar de las palmeras, como las mariposas cuando dejan la cárcel de su mustio capullo y vuelan, con el vigor que da la libertad, hacia las flores.

Felicidades a todos en esta Navidad, que ya empieza a asomarse por el horizonte. Felicidades y que Dios les permita transitar por un Nuevo Año de prosperidad y amor reverdecido, llevando bien abiertas las puertas y ventanas de su corazón, para dar paso a la fe y a la esperanza de un regreso triunfal a esa nueva Cuba sin náufragos ni rejas por la que tanto hemos luchado.

 

Ernesto Díaz Rodríguez

Secretario general de Alpha 66

Maryland, Dic. 2018

 

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2 Replies to “Se acercan los días de Navidad y Año Nuevo. Por Ernesto Díaz Rodríguez”

  1. “Bajp un cielo prestado”. “Cuba clavada en la cruz” y numerosas expresiones que exponen no solo a un patriota inclaudicable sino a un intelectual que representa el alma de la Cuba que desgraciadamente perdimos.

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