Compás y alegoría de Donald Harrison. Por Zoé Valdés

COMPÁS Y ALEGORÍA DE DONALD HARRISON.

 

Por Zoé Valdés.

 

Desde hace varias décadas el New Morning de París cautiva a un público internacional por ser considerado el Templo del Jazz en la Ciudad Luz. En este templo hace algunas noches oí por primera vez a Dios travestido en Donald Harrison junto a los fantásticos “apóstoles”, los miembros de The HeadHunters. Ocurrió gracias a la invitación de Dita Sullivan.

 

Un escritor no los es verdaderamente hasta que no deja que el jazz se apodere de su ritmo, ese “ritmo” preciso, y consiga que su escritura pueda mecerse en los brazos de ese “significado”, a los que se refería el pintor Henri Matisse cuando hablaba del jazz: “El jazz es ritmo y significado”. Lo afirmó un pintor cuyos trazos son melodía pura, y el color supura desde la inmensa densidad del “océano” que, por cierto, define al género según Carlos Santana.

 

Donald Harrison subió al escenario e inauguró a su manera el compás de la noche, introdujo las alegorías de varias cadencias eternizando la atmósfera, distendiéndola. La gente lo oyó atenta y entregada, con esa manera tan deliciosa en la que se oye el sonido del silencio en París, enseguida deliraron, también en silencio, en un extásis interior y secreto como sólo la fuerza de un Dios puede inspirar.

 

Sí, claro, mis ‘abures’ y ‘ecobios’, está toda esa fusión actual que antes se llamó mestizaje –y que yo lo seguiría llamando mescolanza, a lo cubano-, pero ahí, en ese corazón que sopla como un toro, más que nada vibra el alma de la creación infinita, ese desdoblamiento que como el “árbol” cortaziano (1) tumba sus ramas hacia un lado y hacia otro bajo el meneo de la brisa, esas improvisaciones que sólo llegan a ser magistrales cuando se va preciso y ardiente en lo febril de las inusitadas inventivas, que encandilan subiendo una tras otras cobijadas en el funicular interminable de la espiral.

 

Si José Lezama Lima definía la poesía como “un caracol nocturno dentro de un rectángulo de agua”, el arte de Donald Harrison es una espiral de almíbar dentro de un caracol nocturno, y la almíbar a veces se prende en llamaradas espesas hasta el frenesí amelcochado de los espíritus. Porque Harrison tantea y pulsa el saxofón con los dedos de los espíritus a través de los suyos propios, inspirado e imbuido bajo la serenidad alcanzada, por fin, de los cemíes, con sus tres puntos cardinales taínos en reverencia, y la elegancia casi olvidada del masacote racial entre indios, africanos, americanos y hasta europeos provocados por los nacidos en New Orleans, en el que Harrison nos envuelve (de “envolvente”, significado cubano) para que entremos la misteriosa puerta y levitemos hacia el más p’allá o el “poripallá” inagotable del contrapunteo del jazz y la eternidad.

 

No existe regalo más apreciado por un escritor que la entrega absoluta, como en un sacerdocio, de un monje, digo, de un músico, a su arte. Porque la música además de ser la madre de todas las artes, y el jazz, pues es el padre, es sobre todo inspiración. Donald Harrison, recuérdenlo, trepida generoso, exquisito, y único en ese noble pedestal del Númen al que pueden encaramarse, vivos, muy pocos.

 

Zoé Valdés.

 

 

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