La ley contra los penes foráneos. Por Ramón Muñoz Yanes

La ley contra los penes foráneos.

Por estos días, un guajiro da otra vez la nota y degustando un café comprado en dólares, eyacula una frase antológica en la televisión cubana – ¿Por qué te empeñas en democratizarme? -, en relación con la ley Helms Burton. Tamaña aberración conceptual solo ha sido superada en las últimas seis décadas, durante un acto de repudio a un grupo de disidentes, donde un represor grita desafiante a la cámara que lo inmortaliza: – ¡Yo me cago en la madre de los Derechos Humanos! -. Ambas frases de nivel olímpico comparten podio en el más alto escalón de la ignorancia.


Los coprófagos de las redes oficiales se hacen eco en contra de la Ley Helms Burton, pero ¿a qué cubano de a pie perjudica la susodicha ley? A ninguno con absoluta exactitud.


Tal vez, que se reduzca la proporción de penes con pasaportes deambulando por el malecón es realmente posible, pero no he visto quejas al respecto del sindicato de damas que ejercen el más ocambo de los oficios en el litoral habanero.
La ley cae directamente sobre los negocios de extranjeros envilecidos y que miran hacia el otro lado, mientras un pueblo rodeado de mar jamás se ha comido un pescado como dios manda y los mariscos se pagan con años de cárcel, una taza de café huele a puré de San Germán (crema de chícharos) o la carne de res solo se distribuye entre el generalato y el cubano que la ingiere se expone a penas similares al asesinato más brutal, como a todos los que cumplen siete años y les obligan a asistir al funeral del vaso de leche racionado.


La ley también cae de sopetón sobre el único ejército del mundo que se dedica a la economía, Cuba es el único país del planeta donde el ejército rige los planes del mercado estatal, donde a un uniformado usted no sabe si llamarle general o empresario. Contra esa barbarie, está diseñada la Ley Helms Burton, pero con una base elementalmente justa, reclama valores de propiedades de toda una generación que después de décadas de esfuerzo e inversiones, les fueron confiscadas por obra y gracia de la única familia en Cuba que puede presumir que ninguno de sus miembros ha comprado su casa, la han robado, la familia Castro Ruz.


Al actor cubano hay que felicitarlo, porque coño, hay que ser buen actor para a estas alturas de la serie, con esa cara de haber pasado más hambre que un león del zoológico de la avenida 26 y que vive en el ruinoso Alamar, además de darse sus vueltecitas por Miami, decirme a la cara que si yuca con mojo, que si tostones, que si café, la respuesta es la única posible: ¡Compadre, que manera de comer mierda!


Honestamente, me gustaría asistir a un desfile del Primero de mayo en La Habana. Sería genial, un éxtasis. ¿Te imaginas coger una piedra ante cuatrocientas mil personas y poder apostar con cualquiera? Voy a tirar esta piedra a esa multitud y solo podrá acertar en dos personas, en un brutalmente comemierda que se sigue creyendo la historia o en un «obligado» por las circunstancias. Apuesto un millón de dólares.


R.Muñoz.

 


 

Con permiso de Ramón, discrepo en que haya actores buenos en Cagonia. No hay actores buenos en Cagonia, eso es un mito. Además, la mayoría son agentones de la policía política que se han convertido en actores para delatar desde una cierta cumbre fotogénica.

ZV.

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