Entre inconstantes ninfas y viles efebos del sátrapa. Por Ramón Muñoz Yánes

Comprendo a Maurice Utrillo y que pintara en ocasiones, para comprar vino. El talento es esquivo de academias, es místico y sobrenatural, una confluencia de circunstancias genéticas y espirituales en un único ser. La magia en estado puro, uno de los sentidos cabalgando en la desnudez más virginal hacia la excelencia, un éxtasis, una habilidad emergida en un mar de mediocridad dentro de esa masa reproductiva y rutinaria de nuestra especie. En la casa natal de Michellangelo en Firenze, mi dios personal, cerré los ojos en la penumbra de una de las estancias y dejé la mente en blanco, desnuda del intrascendente hoy e intenté percibir el aura del maestro. Mis manos han palpado sus obras, menos La Pietá reclusa de cristales blindados en San Pietro. Solo exclamé en voz baja un “…mis respetos, maestro…´´.
El exministro de cultura en la Barataria tropical ha insultado sin el menor miramiento a Cabrera Infante, le tilda de anexionista. El de Gibara nos regala una carcajada del más allá, consciente de su trascendencia por encima de un lacayo verde olivo que se toma in extremis la educación de generaciones por demás fallida, el proyecto educacional cubano es un fracaso, amén de un retroceso de proporciones bíblicas en lo cultural que ni siquiera puede compararse con el del tercio de nativos que han marchado al exilio. Cuba es una isla mala madre, sus mejores talentos germinan fuera de sus costas como si lo mejor de sus vástagos se manifestara fuera del alcance de sus chancletas. Sólo algunos de sus hijos, al amparo de alguna dolencia crónica, se salvan de la madre irreverente y autoritaria como el asmático de Lezama enquistado en un Paseo del Prado, anclado al pasado y en el que solo han fallecido las ruidosas calesas.
Martí, humanista por excelencia y cubano en demasía, se llenó de Nueva York y Tampa para tener el sueño de una Cuba libre del León de Castilla, con aires republicanos pero con efluvios de un East River estatuario y libertino hermanado a un Sena parisino, cultural y teatral como su propia muerte. Jamás pensó el de la calle Paula en ser ícono de una dictadura y menos aún estar expuesto a incapaces y mediocres que rigieran instituciones que usan su nombre. Sociedades deformes generan hombres torcidos y Abel Prieto es uno de ellos. ¿En qué basa su pretensión de decidir la cultura de cada ciudadano? Boñigas cerebrales bajo el sayón del más asiático y femenil de un Birán que algún día, en el mejor de los casos hemos de convertir en área restringida, tóxica y contaminante donde en 1926 naciera el más indigno de los cubanos.
Hastiado de payasos por sesenta años de un circo de farsantes, recorro mi biblioteca personal dónde varias obras de Cabrera Infante me observan con ese aire londinense de los últimos días de un eminente cubano.
Asco de país.
R.Muñoz.

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