Centenario del natalicio de Benny Moré: Cuando la genialidad es indiscutible. Por Enaida Unzueta

Después de 100 años, al inmortal.

Cuando la genialidad es indiscutible.

 

Beny Moré poseía los elementos necesarios para ser el mayor músico cubano. En él los elementos que formaron  la nacionalidad se combinaron en proporción singular y  armoniosa.

 

Era criollo, nieto de un rico español que no reconoció a su madre. Un antepasado fue esclavo del Conde Moré. El apellido que llevó siempre la familia. Ese antecesor que ya libre  fundó una cofradía de negros libertos. Y allí fue Bartolo de niño y lo iniciaron en el toque de los tambores sagrados de los orishas, la guitarra y el tres. Su vocación es temprana, como todo lo genuino.

Es el mayor de muchos hermanos, ayuda a su madre que lava y plancha para la calle. Cocina para sus hermanos,  es campesino (nunca dejó de serlo del todo). Con el tiempo cumplió uno de sus sueños: tener su propio conuco, allá en La Cumbre y a los chivos les ponía nombres de artistas. Elvis Presley, Sinatra.

Va y viene a  la Habana. Corta caña y otros tantos oficios pero también da serenatas y forma un trio de voces y guitarras. Se va a Vertientes… Así llamó a mi pieza favorita de su repertorio donde su banda gigante da muestras de una maestría musical única en su estilo.

Vuelve a la Habana en el 40 y canta por las calles. Y va al concurso “La Corte suprema del Arte“ y le tocan la campana. Vuelve y gana el primer premio. Y entonces lo descubre Siro Rodríguez (voz segunda y maracas del Trio Matamoros) y lo propone para sustituir a Miguel.

Lo ponen de primera voz y se va a México con ellos en el 45.  Allí graba su primer disco, y con ellos nada menos (una joya de la música popular cubana) actúa en cabarets de lujo, se casa, se cambia el nombre a Benny: un acercamiento al músico americano Benny Goodman que tanto admiraba y quien le inspiró cuando por fin pudo fundar con más de 40 músicos su propia banda, músicos que el escogió, agrupó y afinó, dotándolos de una organización melódica única en  su tipo enseñándolos a improvisar y destacarse con el instrumento en el momento que él decidía. Y que fue el marco perfecto para demostrar sus dotes.  Pero esto vino después.

Conoce a Pérez Prado y vienen los éxitos del mambo. Su personalidad empieza a madurar e imponerse. Sus trajes, su desenvoltura, su desparpajo, su simpatía, su ritmo tan personal hecho de gestos, gritos, vocalizaciones afinadísimas, hacen de él un artista sin precedentes, de los que no se parecen a ningún otro. Era capaz de trasmitir todos los matices, del amoroso al socarrón,  altanero,  burlón, franco, divertido, provocador, de ahí su maestría en cada género, su buen gusto se imponía. Dictaba a  los arreglistas lo que imaginaba  con su natural sentido de la armonía, los timbres, la rítmica. Y la voz, intensa y lírica, alegre o melancólica, sensual y violenta. Su música era él, de ahí su genialidad, imponerse a todos con su estilo.

Y entonces regresa a La Habana en el 52. Conoce a Bebo Valdés y su ritmo batanga. También en esta época grabó para la compañía discográfica RCA Victor (de la que era artista exclusivo) junto a la orquesta de Mariano Mercerón.

Con esa banda gigante o su “querida tribu“ como él la llamaba. Esa orquesta a lo macho que tenía toda la intensa sonoridad de los metales sin olvidar la percusión, ese jazz band a su medida que él inventó, actuó en la entrega de los “Oscars“ y recorrió parte de Latinoamérica y Estados Unidos con gran éxito.

Luego vino la enfermedad y la muerte en el 63, con 43 años.

Esto fue a grandes rasgos lo que le pasó o lo que él pasó.

Pero su esencia fue saber cantar con la intensidad que reclaman los ritmos cubanos y que a él le era propia. Su capacidad interpretativa en el son, la guaracha, el montuno, el mambo y el… bolero, que los hacían tan suyos que ya después cantados por otros no era igual. Uno de los mejores boleristas de todos los tiempos, esa cualidad suya de saber ponerse íntimo, melodioso, seductor,  pasional.

Su habilidad natural para saltar de un guaguancó a una balada con esa voz de tenor tan bien entrenada y manejada, su talento interpretativo, autoral y de improvisación son infinitos. Tan ingenioso y rápido como repentista.

Su simpatía natural, su dominio escénico, su profesionalidad. Con él hay un antes y un después en nuestra musica. El  es Cuba y su variedad de géneros y ritmos. Su riqueza.

Si alguien se dedicara en serio a unificar a los cubanos en estos tiempos de separaciones y discordias interminables le recomendaría que no utilizara ni siquiera la bandera (tan castigada). Mejor al  Beny, porque su grandeza es incuestionable para todos.  Es en lo único que estamos de acuerdo.

Bartolo, tú eres el mejor.

Enaida Unzueta.

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