En paz descanse, Teresa Mlawer. Por Yanitzia Canetti.

Hoy murió Teresa Mlawer. Sábado 21 de marzo de 2020. 5:45am. Murió según el doctor y la enfermera. Su cuerpo se apagó. No podré abrazarla nunca más. Dicen.

Y no uso ningún eufemismo para hablar de la muerte, ese sustantivo común. No. Tere no adornaba las verdades, ni tenía pelos en la lengua, al pan pan y al vino vino. «Soy gallega», decía como único intento de explicarse. Era vertical, determinada y directa, y eso inspiraba confianza en todos los que, conociéndola, no nos tomábamos de manera personal la opinión que soltaba a rajatabla, sin pedir permiso ni perdón. «Soy gallega», repetía graciosamente cuando advertía alguna reacción de sorpresa a su forma clara de expresarse. Y aunque fueran sus ancestros de Galicia, Tere era cubanísima.

Y por ser así, se ganó el respeto, la admiración y el cariño de cuantos tuvieron la oportunidad de compartir con ella un trecho de la vida.

La conocí personalmente el siglo pasado, a principios de los 90, en una conferencia de CABE (California Association for Bilingual Education), en San Diego, California, aunque ya antes de ese primer encuentro habíamos hablado por teléfono y trabajado juntas en la traducción de un libro, Amelia Bedelia, publicado por HaperCollins. Enseguida nos conectó una profunda empatía más allá de que ambas éramos cubanas, trabajábamos en la industria editorial y nos apasionaban los libros. Desde ese día, colaboramos juntas en una infinidad de proyectos y estrechamos un lazo tan profundo que comencé a sentirla como una madre.

No puedo contar ahora los detalles, porque es torpe mi pulso en estos días, solo quería dejar una nota para dar la noticia y honrar la memoria de un ser tan especial en mi vida.

Tere, por decir muy poco y para quienes no la hayan conocido, presidió por muchos años Lectorum Publications, la editorial y librería líder en la distribución de libros en español en Estados Unidos, cuya sede estaba en New York. Gracias a ella muchas casas editoriales del mundo hispanohablante lograron dar a conocer sus publicaciones en Estados Unidos, y muchos escritores encausaron sus obras. Se escribirá mucho de su vida y obra en lo adelante.

Hasta hace muy poco, Tere tenía muchos proyectos en mente y había ya emprendido otros tantos con distintas editoriales. Viajaba de una conferencia a otra, dentro y fuera de Estados Unidos, poniéndome siempre al tanto de las novedades editoriales de todas partes. Estaba traduciendo y escribiendo sin decanso. Feliz. Pero un día le dijeron que debía enfrentar el cáncer. Ella, con todo aplomo y dignidad, decidió por supuesto echar la pelea, pero sin cambiar sus planes de vida. Tras un momento de júbilo por haber vencido la enfermedad, sobrevino una recaída. Su salud se deterioraba; su espíritu parecía ganar fuerza.

A pesar de que ella misma me preparó para su pérdida física, y me habló sin medias tintas: «las noticias no son buenas, Yani, sé fuerte», yo no reaccioné del modo en que tal vez debí, para ser coherente con el ejemplo de aceptación y valentía que me estaba dando. Yo le hablé de esperanza, de alegría, de vida tras la vida tras la vida tras la vida. Yo, la atea confesa, le hablé de milagros. Ella, tan maternal y sabia, nunca me contradijo. Me escuchaba tranquila, luego me hablaba de trabajo. Así, como si nada, secándome las lágrimas de un manotazo.

«Quiero asegurarme de llevar a término todos los proyectos», me dijo cuando ya sabía que las noticias eran un tic tac devastador. Y aunque Tere siempre fue así, el que decidiera trabajar incluso en esas circunstancias de quimio y desgaste físico, no dejó de sorprender incluso a sus amigos más cercanos, a su familia y a su compañero de vida. Nadie, sin embargo, se atrevió a disuadirla porque era una mujer que sabía perfectamente lo que hacía y lo que quería: dejar un legado de trabajo, dedicación y responsabilidad a todas las personas que amaba. «¿Con qué palabra te gustaría ser recordada?» le pregunté hace muchos años en una entrevista que le hice para la revista Hispanic Image. «Como una trabajadora», me dijo sin detenerse a pensar.

Empresaria, emprendedora, editora, traductora, escritora, profesora, esposa, madre, abuela, hermana, amiga… trabajadora, trabajadora, trabajadora, qué mujer íntegra y qué ejemplo de vida el de Teresa Mlawer.

«Murió hoy», quedó así escrito en esas actas irrefutables que todos conocemos. Y sí, tal vez ya no escuche su voz ni nos riamos juntas de tantas cosas, ni me deleite en el picadillo con pasitas que tan amorosamente cocinaba para mí cuando la visitaba, ni pueda disfrutar de sus buenas ideas y de su forma desenfadada y tajante, tan adorable en ella, de llamar a las cosas por su nombre. Pero como esas otras presencias que viven en mí, Tere no ha muerto. No es negación ni consuelo ni ochos cuartos. Es aceptar otra realidad, más allá de la verdad pragmática que nuestras limitaciones humanas nos permiten percibir hoy.

Claro que queda en mí el dolor de no verla en la forma conocida, porque el apego es así y mi alma es infantil. No me salvan del dolor ni siquiera las palabras ni los sueños. Pero ella empieza hoy a vivir de otra manera.

Gracias a la vida por haberte conocido en forma humana, mi Tere. Que no se apague nunca tu luz, que sigas trabajando en esa dimensión desconocida, porque es así tu descanso en paz.

Pd. ¡Coño, cómo voy a extrañarte, gallega!

Yanitzia Canetti.

Tomado de su Facebook.

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Nota mía: Muy triste, muy triste. Todavía guardo la muñequita que Teresa le regaló a Luna. Gracias, Yanitzia Canetti. Muy doloroso. Mis condolencias a Bill y a su familia. En paz descanse esta gran cubana.
ZV

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