Epístola a mí mismo. Por Ramón Muñoz Yánes

Epístola a mí mismo.

Ayer lo vi y me dolió, fue una venganza absoluta, brutal y desmedida, sin miramientos, sin ese detalle de hombría de alma que se ha de tener para humillar al enemigo, ya vocablo pasado de moda llamado magnanimidad. Fue fácil el combate, sin opción a riposta con una vileza tan ponzoñosa que hería las pupilas de aquellos que nos educaron a detener la espada frente al niño, la mujer o el anciano. Literalmente brutal.
Sé que provocó carcajadas, esas sonrisas nerviosas y a salvo del sol de los incapaces e inmorales, cuando atentan con el epíteto a mansalva sin el menor riesgo, fue un gesto de cobardía, sin respeto, sin comprensión, sin la delicadeza imprescindible, con una presunta e inmoral razón en el puño, con el olvido de los preceptos elementales.
Me dolió y no la conozco personalmente e insisto, jamás he compartido un café con ella, solo he leído sus obras y la he visto defendiendo a Cuba, desde una posición difícil, cuando esa defensa hace mella en el bolsillo y ahí, es cuando uno se llena la boca con la vilipendiada palabra patria, cuando no se ganan emolumentos con mencionarla.
Alejandro el macedonio, superada la puerta de Ishtar y presentadas las mujeres de su enemigo histórico, Darío, les dijo que ante él tenían igual estatus de princesas y diosas o cuando Trajano, humilló con astucia y denuedo a la Partia, respetó igualmente la parte débil del rival. Aquiles se hizo más grande con el respeto a Briseida. Hasta para el insulto se requiere del prestigio y la nobleza de alma, tan carentes hoy día.
Ayer se atacó no a un oponente sino a la mujer, le dispararon a su edad, a su desnudez juvenil, al descuido y al éxtasis de la efervescencia hormonal intentando mostrarla como un atributo negativo, sin embargo, brotaba a borbotones su belleza de las fotos con las que pretendían flagelar y denostar su integridad. He ahí el punto débil del atacante, toda una filosofía, una postura, una súplica de respeto perenne que arremete contra el muro insalvable de la anatomía, ataca lo que odia, pero desde una perspectiva falsa, porque nunca tendrá lo que no respeta, una vagina.
Soy un cubano fantasmal, nacido de una ciudad ya muerta que se llamó La Habana, célebre por sus caballeros y asumo su pérdida. Abuelo me obligaba a no sentarme en presencia de mujer y tildar de señora, hasta las mendigas de la puerta de la iglesia. Puedo escribirme a mí mismo y decirme, que a veces las personas cometen errores al permitir convertir en enemigo a quien no le supera en estatura la altura de las rodillas, porque hay que ser un redomado incapaz para afirmar que una emisión de género amarillista diseñada para el exilio cubano, puede tener la dimensión de una obra literaria reconocida internacionalmente. Los libros de la escritora ofendida han dormido en almohadas de medio planeta, el protagonista de ocasión es solo un chispazo de la gracia, tan refulgente como fugaz en esa mente tan voluble del cubano. Ganará dineros y que los dioses se lo bendigan, pero no perdurará por la obra, detalle del que carece y ello no se compra, como una mansión en Miami.
Sentí vergüenza, ojalá este brutal y barriobajero atentado a su valía, le haga comprender que disfruta de tal respeto y estima en el mundo, que debe prescindir de permitir a los viles, el lujo de considerarse enemigos.
Perdón por mi vergüenza ajena, Zoé Valdés.

R.Muñoz.

 

Muy agradecida.

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