Vanidad. Por Ramón Muñoz Yanes

Vanidad.
Los que han tenido una relación afectiva con Atenas, algo más allá de la del simple turista de masas conoce el Karameikós, el apacible camposanto del siglo XII a.c. Una de las lápidas que han sobrevivido a la acción de la plaga humana, cuya copia se levanta en el sitio (la original está a salvo de los depredadores bípedos en el museo) muestra un temprano ejemplo de vanidad. Se conoce como la estela de Hegeso y en realidad es una delicada muestra del arte griego, atribuida a Calímaco.
Hegeso era una joven de la aristocracia, que por su cuidada vestimenta se aprecia la intención familiar de dejar constancia para la posteridad, de que la fallecida fue atendida por la familia antes de partir hacia el Hades, con todos los recursos posibles de instrucción, clase y riqueza.
¿Cómo demostrar tal intención? Pues representando a la occisa sentada en su klismos mientras es atendida por una esclava, que le muestra su caja de joyas. No hay dudas de que Hegeso disfrutaba de recursos. Hoy, a más de veinte siglos de distancia aún podemos disfrutar del slogan publicitario mortuorio. Los humanos ya practicaban la coprofagia por entonces, hasta en los cementerios. Que Leónidas disfrutara de un mausoleo en las Termópilas es totalmente justo, pero lo de Hegeso, la hija de Proxenios es del nivel de la Paris Hilton de nuestros tiempos.
La vanidad es tan antigua como la especie humana y he tenido amigos que me han dejado de hablar por mi respeto justo a la escritora Zoé Valdés, tan atacada en estos tiempos por el simple hecho de decir verdades, que para mí puede decirlas como le venga en ganas o como lo decidan sus glándulas ováricas, pero la obra literaria de Zoé Valdés es incuestionable, a pesar de las críticas del maricón floridano de moda (maricón no, remaricón de alma, porque quien ofende a una mujer, es porque vagina no tiene y solo puede ofrecer al hombre amado un tubo repleto de heces, para su disfrute). Soy tan sincero como tan feo, de ahí mi sinceridad sin límites en correspondencia justa con mi fealdad asumida.
Entre el maricón envidioso con la pretendida burla mariconil de solar y una periodista del Herald, intentando desvirtuar una novela que para su realización contó con entrevistas a los hijos del presidente Fulgencio Batista y Zaldívar y a muchos testigos de la época, la situación ya pasa de castaño oscuro y es ya oneroso. Disfruten los guajacones de orilla con Zoé, que es tan noble que hasta les permite el intercambio, porque de ser yo, no les regalaba ni un pedo de mis entrañas.
La vanidad, amigos, la vanidad, casi tanta como la de agredir una estatua del Almirante de la Mar Océana, que cuando el genovés llegó a la América ya habían tantos comemierdas por esos vastos territorios hartándose de maíz y sacrificios humanos, que ni la rueda conocían los muy animales en pleno 1492.
– A tomar por culo, Celedonio. Fuma y rema, que los mayas todos los calendarios que hicieron estaban defectuosos. Para relojes los suizos.
– Sí, Genaro. Rolex, que lo demás es mierda.
R.Muñoz.

Una respuesta para “Vanidad. Por Ramón Muñoz Yanes”

  1. Muy buen escrito este por Muñiz Yanez. Me gustó la forma de llamar a las cosas por su nombre y criticar a los críticos de Zoé. En este mundo quedan muchos coprofagos todavía señor Muñoz. Sin lugar a dudas.

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