Resignation Letter — Bari Weiss

Origen: Resignation Letter — Bari Weiss.

Mi nueva heroína.

Traducción:

Querido Arthur Gregg Sulzberger (NDT: editor del “New York Times”)

Es con mucha tristeza que le escribo para decirle que renuncio a mi trabajo en “The New York Times”.

Me uní al diario con gratitud y optimismo hace tres años. Fui contratada con el objetivo de traer al diario voces que de otra manera no aparecerían en nuestras páginas: escritores nóveles, centristas, conservadores y otros que no verían de una forma natural al Times como su hogar. La razón para este esfuerzo estaba clara: el fracaso del diario para anticipar el resultado de las elecciones de 2016 significó que no entendíamos al país que se supone debemos cubrir. Dean Baquet y otros han admitido este hecho en varias ocasiones. La prioridad del departamento de Editoriales era ayudar a corregir esta deficiencia crítica.

Me sentí honrada de ser parte de este esfuerzo, dirigido por James Bennet. Estoy orgullosa de mi trabajo como escritora y editora. Entre las personas que pude traer a nuestras páginas se cuentan el disidente venezolano Wuilly Arteaga; el campeón iraní de ajedrez Dorsa Derakhshani; o el demócrata cristiano de Hong Kong Derek Lam. Otras firmas fueron las de Ayaan Hirsi Ali, Masih Alinejad, Zaina Arafat, Elna Baker, Rachael Denhollander, Matti Friedman, Nick Gillespie, Heather Heying, Randall Kennedy, Julius Krein, Monica Lewinsky, Glenn Loury, Jesse Singal, Ali Soufan, Chloe Valdary, Thomas Chatterton Williams y Wesley Yang, entre muchos otros.

Pero las lecciones que se hubieran debido aprender tras la elección – lecciones acerca de la importancia de comprender a otros americanos, la necesidad de resistir al tribalismo, y la centralidad del libre intercambio de ideas en una sociedad democrática – no fueron aprendidas. En su lugar, surgió un nuevo consenso en la prensa, y muy en particular en “The New York Times”: que la verdad no es un proceso de descubrimiento colectivo, sino una ortodoxia que ya es conocida por unos pocos iluminados, cuyo trabajo consiste en informar a los demás.

Twitter no dirige “The New York Times”. Pero Twitter se ha convertido en su editor más poderoso. A medida que la ética y las costumbres de esa plataforma se han convertido en las del periódico, el propio diario se ha visto cada vez más convertido en una forma de espacio de rendimiento. Las historias que publicamos se eligen con el criterio de satisfacer a las audiencias más limitadas, en vez de permitir a un público curioso leer acerca del mundo y luego sacar sus propias conclusiones. Siempre me enseñaron que los periodistas teníamos por tarea escribir los primeros borradores de la Historia. Ahora, la Historia es una cosa efímera moldeada para ajustarse a las necesidades de una narración predeterminada.

Mis propias incursiones en el “pensamiento incorrecto” me han convertido en objeto de acoso constante por parte de colegas que no están de acuerdo con mis puntos de vista. Me han llamado nazi y racista. He aprendido a ignorar los comentarios sobre cómo estoy «escribiendo sobre los judíos nuevamente». Varios colegas que eran percibidos como amigos míos fueron acosados por otros compañeros. Mi trabajo y mi personaje se degradan abiertamente en los canales de comunicación interna de toda la empresa, donde los editores de cabeceras intervienen regularmente. Allí, algunos compañeros de trabajo insisten en que tengo que ser erradicada para que esta empresa sea verdaderamente «inclusiva», mientras que otros publican “emojis” con un hacha al lado de mi nombre. Otros empleados del “New York Times” me difaman públicamente como mentirosa y fanática en Twitter sin temor a que acosarme traiga consecuencias. Ellos nunca pagan las consecuencias de sus actos.

Hay términos para todo esto: discriminación ilegal, ambiente de trabajo hostil o “hacer la vida imposible” a un trabajador. No soy una experta legal. Pero sé que esto está mal.

No entiendo cómo se ha permitido que este tipo de comportamiento continúe dentro de la empresa a la vista de todo el personal y el público del periódico. Y ciertamente no puedo entender cómo ustedes y otros líderes del Times han estado apoyando a los críticos, mientras simultáneamente me alababan en privado por mi coraje. Presentarse a trabajar siendo centrista en un periódico estadounidense no debería requerir valentía.

Una parte de mí quisiera poder decir que mi experiencia fue única. Pero lo cierto es que la curiosidad intelectual – por no hablar de la toma de riesgos – es ahora toda una responsabilidad en el Times. ¿Por qué publicar algo que represente un desafío para nuestros lectores, o escribir algo atrevido, solo para vernos obligados a hacerlo “ideológicamente aceptable” si podemos asegurarnos el puesto de trabajo (y los clicks) publicando nuestro enésimo editorial diciendo que Donald Trump es un peligro para nuestro país y el mundo? Y es así que la auto censura se convirtió en la norma.

Las reglas que rigen el Times son aplicadas con extrema selectividad. Si la ideología de una persona está en línea con la nueva ortodoxia, ellos y su trabajo no son sometidos a ninguna forma de escrutinio. Todos los demás viven en el miedo a la “tormenta digital”. El veneno en las redes se perdona si es dirigido hacia los objetivos correctos.

Editoriales que se hubieran publicado sin problemas hace apenas dos años ahora le pueden crear serios problemas al periodista, llegando incluso hasta el despido. Si se cree que un artículo puede generar conflictos a nivel interno, o en las redes sociales, el editor evita publicarlo. Y si el periodista cree que vale la pena, e insiste en la publicación, rápidamente se le reconduce hacia territorios más seguros. Y si, cada tanto, el periodista logra publicar un artículo que no apoye de forma explícita las causas progresistas, eso ocurre solo tras una compleja negociación y un análisis cuidadoso del contenido de cada línea.

Le tomó dos días (y dos puestos de trabajo) al diario decir que el editorial de Tom Cotton “no cumplía con nuestros estándares de exigencia”. Agregamos una nota del editor a un artículo de viajes realizado en Jaffa (NDT: ciudad en Israel) poco después de su publicación dado que el texto “no abordaba importantes aspectos de Jaffa y su historia”. Pero nadie ha agregado una nota a la entrevista que Cheryl Strayed realizó con la escritora Alice Walker, una orgullosa antisemita que cree en los hombres lagarto y los Illuminati.

El diario se dirige, cada vez más, a lectores que viven en una galaxia lejana, cuyas preocupaciones están a años luz de los intereses de la mayoría de la gente. En esta galaxia, por citar solo algunos ejemplos, el programa espacial soviético es alabado por su “diversidad”, la divulgación de información confidencial en las redes es tolerada en nombre de la justicia, y se considera que los más abyectos sistemas de castas en la Historia de la Humanidad fueron la Alemania nazi…y los Estados Unidos de América.

Incluso ahora, estoy convencida que la mayoría de la gente trabajando en el “New York Times” no apoya estos puntos de vista. Pero están sometidos a los que piensan así. ¿Por qué? Quizás porque piensan que las intenciones de esa gente son justas, al fin y al cabo. Quizás porque creen que serán protegidos si dicen que sí a todo mientras se sigue degradando el lenguaje al servicio de las “causas correctas”, que cambian constantemente. Quizás lo hacen porque hay millones de desempleados en este país, y se sienten afortunados de tener trabajo en esta industria.

O tal vez se someten porque saben que hoy en día defender tus principios en el diario no te hace ganar aplausos. De hecho, te pone un tiro al blanco en la espalda.

Todo esto es muy perjudicial, especialmente para los jóvenes autores con espíritu independiente, o los editores que observan con atención lo que hay que hacer si esperan avanzar en sus carreras profesionales. Regla número uno: si quieres decir lo que piensas, lo haces asumiendo los riesgos. Regla número dos: nunca encargues un artículo que vaya contra la narrativa oficial. Regla número tres: nunca le creas a un editor que te incite a ir contra la corriente. Llegado el momento, ése editor se va a someter a la turba, será despedido o colocado en un nuevo puesto, y tú serás quien pague las consecuencias.

Para estos jóvenes escritores y editores, existe un consuelo. Mientras que “The New York Times” – y otras instituciones periodísticas que alguna vez fueron grandes – continúan traicionando sus principios fundadores y rebajando la exigencia de calidad, los americanos siguen teniendo hambre de noticias que sean objetivas, opiniones que sean vitales y un debate que sea sincero. Escucho a gente así cada día. “La prensa independiente no es una idea progresista, ni una idea liberal. Es una idea americana”, me dijo usted años atrás. No puedo estar más de acuerdo. Estados Unidos es una gran nación que merece un gran diario.

Esto no significa que algunos de los más talentosos periodistas del mundo no sigan trabajando para este diario. Siguen allí, y esto es lo que hace especialmente doloroso el ambiente de censura que se ha instalado en el “New York Times”. Yo seguiré siendo, como siempre, una devota lectora de sus artículos. Pero no puedo seguir haciendo el trabajo para el que he sido invitada. Un trabajo que Adolph Ochs definió en una famosa cita de 1896: “hacer que las columnas del “New York Times” sean un foro donde se tomen en consideración todas las cuestiones que sean de importancia pública, y para conseguir tal fin sean invitadas a un debate inteligente todas las opiniones posibles”.

La idea de Ochs es una de las mejores que he encontrado. Y siempre me consuela pensar que al final, las mejores ideas son las que triunfan. Pero las ideas no pueden ganar solas. Necesitan una voz. Necesitan ser escuchadas. Pero, ante todo, necesitan ser respaldadas por personas dispuestas a luchar por ellas.

Sinceramente,

Bari

Adaptado del inglés por El Observador Alpino.

Una respuesta para “Resignation Letter — Bari Weiss”

  1. Un profundo alegato contra el «MACARTISMO» actual de ciertos medios de comunicación.

    Yo creo que la situación actual la ha descrito perfectamente Leoncio González Hevia, que es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo:

    «De la misma manera que el macartismo buscaba comunistas donde a menudo no los había, la izquierda actual busca fascistas donde sólo hay liberales, que ya bastante tienen para sí con ser liberales. Unos y otros se dedicaban y se dedican, respectivamente, a perseguir fantasmas.»

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