LA PRESERVACIÓN DE LA LIBERTAD NO ESTÁ EN EL ABERRANTE SOCIALISMO. Por Ernesto Díaz Rodríguez


LA PRESERVACIÓN DE LA LIBERTAD NO ESTÁ EN EL ABERRANTE SOCIALISMO.

                                                                                                          Por Ernesto Díaz Rodríguez.

Ex prisionero político cubano                                Secretario General de Alpha 66.

Los Estados Unidos de América es un país de libertades y progresos. Desde su fundación, hace más de 240 años, los ciudadanos de esta gran nación han podido gozar de los más amplios derechos y oportunidades  en la historia de la humanidad. Sin embargo, en los últimos tiempos, las ambiciones políticas y otros males generacionales han venido afectando seriamente la paz de los norteamericanos y la de quienes, por diversas razones, hemos tenido la necesidad de reencausar nuestras vidas en esta tierra bendecida por Dios. Al parecer, la experiencia del fracasado experimento socialista, ampliamente demostrado en diversos países de Europa del Este, no ha sido suficiente lección de aprendizaje para una gran parte de los militantes de extrema izquierda que, indolentes, continúan empujando el carro fúnebre que representa esa andrajosa filosofía extranjerizante. Más aún, si buscamos resultados más cercanos, los tenemos a sólo 90 millas de las costas de la Florida, en esa isla cautiva donde están nuestras raíces y el apacible calor de nuestro dulce hogar, de nuestra casa que, por un período de tiempo, excesivamente prolongado, por ingenuidad colectiva o por negarnos a aprender en el sufrimiento de otros pueblos que han vivido bajo la opresión, los cubanos hemos perdido. Además de Cuba, Venezuela y Nicaragua son ejemplo de ello. Lamentablemente nuestros pueblos han caído al abismo más hondo, en pobreza y violencia gubernamental, víctimas de regímenes de fuerza, de un sistema político degradante y sombrío que representa los escombros humeantes, las  cenizas de lo que fueron sociedades abiertas a la bondad, a la iniciativa creadora y al amor, por encima de todo, a la familia. Durante muchísimos años, los cubanos que un día llegamos a este país en calidad de exiliados políticos, reiteradamente hemos venido escuchando de boca de personas experimentadas en el desarrollo de exitosas estructuras políticas, que en los Estados Unidos nunca tendrá la oportunidad de instalarse en el poder un sistema de gobierno socialista. En los días actuales, esas afirmaciones no son tan convincentes. Existen grandes intereses que conspiran contra el progreso y la paz de la nación norteamericana. Y entre ellos, como parte de esa macabra conspiración, no faltan diversos medios de comunicación, de gran influencia publicitaria, empeñados en que el barco  de la felicidad zozobre, dejando a la deriva, junto a las víctimas del naufragio social y político, a las instituciones democráticas y las sólidas libertades que, hasta el momento, han hecho de esta nación la más grande y poderosa del mundo. Múltiples son los argumentos que se han tomado de bandera con el fin de dar fuerza a esa agenda izquierdista que, afanosamente, los socialistas del Siglo XXI se empeñan a toda costa en imponer, contra viento y marea. El desconocimiento de un gobierno legítimamente  elegido es uno de los factores que, en los días actuales, conspira contra el derecho y la democracia en este país. Tan obvio y vergonzoso ha sido el desarrollo de ese absurdo mecanismo de inconformidad, que no es necesario describirlo en detalles. Se trata de una conducta anti democrática, que salta a la vista de todo el que quiera ver más allá de la niebla con que el fanatismo partidista se empeña en encubrirla. Sabemos que el racismo, la degradante discriminación por el color de la piel, al igual que la intolerancia al derecho a la libre elección de orientación sexual, son sentimientos aberrantes y crueles que afectan la condición humana y requieren ser erradicadas, si queremos ser justos. Sabemos también que esa parte del pueblo norteamericano que, amparados en el derecho que les ofrece la Constitución de este país, han salido a las calles en diversas ciudades para protestar por el crimen cometido contra el afronorteamericano George Floyd, lo han hecho, en su inmensa mayoría, por justificada  indignación, y eso lo entendemos. Sin embargo, no podemos dejar de alarmarnos y manifestar nuestra más enérgica censura contra esa otra parte integrada por vulgares oportunistas, exponentes de una delincuencia que rebasa todos los límites. Son parásitos de la sociedad. Agresores feroces contra la decencia, que han salido a la calle en su afán de intimidar con incontenible violencia, lo que muy bien pudiera insertarse entre las prácticas de brutal terrorismo. El  incendio premeditado a establecimientos públicos, el asalto a tiendas y a locales de ventas de bebidas alcohólicas, con el consiguiente robo de todo tipo de artículos, el derrumbe y destrucción de estatuas de simbolismo histórico no es la forma  adecuada de expresar un descontento, y muchos menos de reclamar justicia. Contra esos actos de intolerable conducta, no es posible dejar de sentir indignación. Ante tan inaceptable vandalismo, no podemos guardar silencio, encogernos de hombros con resignación en acto de indiferencia. Es nuestro deber alzar la voz, denunciarlo por todos los medios disponibles. Con la tolerancia y las fórmulas encubiertas de azuzar a conveniencia las llamas del fuego  político, se está haciendo un gran daño a la nación. No es el caos generalizado -al que se está contribuyendo, en pérfidas ambiciones de imponer un sistema de gobierno tomado del brazo del socialismo ateo y esclavizante- a lo que han de aspirar los que aman el progreso y la paz, a que se respete el derecho a las libertades fundamentales que nos corresponden como seres humanos.  Dentro de unas pocas semanas, los ciudadanos de este país, los Estados Unidos de América, tendrán la oportunidad de acudir a las urnas para expresar su voluntad, sin intimidaciones ni exclusiones arbitrarias, como ha venido ocurriendo durante más de seis décadas en nuestra Cuba infeliz bajo el régimen tiránico de los Castro. Ojalá el ejercicio de una oportuna reflexión se imponga a la intolerancia y a la envidia; que el resentimiento partidista de paso al amor.  No hay que perder la fe. Confiemos en la fuerza mayoritaria de la razón, de esos millones de seres privilegiados que muy pronto tendrán la oportunidad de ejercer su derecho a elegir en libertad a sus gobernantes, opten por la más adecuada selección, de acuerdo no a los intereses de una agenda política, sino a la preservación de las instituciones democráticas, a la continuidad del progreso, la felicidad y la paz de la gran familia norteamericana. A ese empeño, de igual forma debemos de contribuir, de manera firme y decidida, los que por accidente histórico hemos tenido la inmensa dicha  de reconstruir nuestros hogares en esta hermosa nación.

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